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ROMANOS - El Señor es nuestra Justicia
Estudios en la Epístola de Pablo a los Romanos
PARTE 1 - La justicia de Dios condena a todo pecador, y justifica y santifica a todo creyente en Cristo (Romanos 1:18 - 8:39)
D - El poder de Dios nos libra del poder del pecado (Romanos 6:1 - 8:27)

1. El creyente se considera muerto al pecado (Romanos 6:1-14)


ROMANOS 6:5-11
“Porque si fuimos plantados juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva. 5 porque si fuimos plantados juntamente con él en la semejanza de su muerte, así también lo seremos en la de su resurrección; 6 sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado. 7 porque el que ha muerto, ha sido justificado del pecado. 8 Y si morimos con Cristo, creemos que también viviremos con él; 9 sabiendo que Cristo, habiendo resucitado de los muertos, ya no muere; la muerte no se enseñorea más de él, 10 porque en cuanto murió, al pecado murió una vez por todas; mas en cuanto vive, para Dios vive”

¿Tú sabías que Jesús sufrió y realmente murió en la cruz a causa de tus viles pecados? Por tus pecados y corrupción merecías ser torturado hasta morir y probar los terribles sufrimientos del infierno eterno. Jesús llevó el juicio de Dios que te correspondía a ti por tu ofensa, y aceptó ser crucificado en tu lugar en el maldito árbol.

Si has aceptado el amor y la obra salvadora de Jesús, estarás avergonzado de tus pecados, y ya no querrás hacer lo malo, ni siquiera pensar en ello. En tal caso, te odiarías y te negarías a ti mismo. No te defenderías sino que te condenarías y estarías de acuerdo con ser condenado. Te considerarías muerto y eliminado. No hay otra salvación para tu ego corrupto que practicar esta muerte espiritual en ti mismo para que Cristo pueda vivir en ti.

No se puede seguir a Cristo sin negarte a ti mismo. Pablo tiene un testimonio que repite en sus epístolas. Hemos sido crucificados y resucitados juntamente con Cristo para que podamos vivir juntamente con él; sabiendo que el que ha sido crucificado ya no puede moverse como quiere, sino que es glorificado y muere con mucho dolor.

Pablo testifica que esta muerte de nosotros mismos tomó lugar cuando primero creímos en el Crucificado. En aquel momento fuimos unidos con la muerte de Jesús, y aceptamos su muerte como la nuestra. Legalmente hemos muerto; ya no tenemos derechos o deseos propios en esta vida, porque hemos sido totalmente destruidos bajo la ira de Dios en Cristo.

De la misma manera que la ley civil no concede derechos a los muertos, así también la ley no tiene poder sobre una persona muerta. La tentación tampoco encuentra entrada en nuestros cuerpos malos, porque los consideramos muertos.

No obstante, los hay que casi han muerto, o que están medio muertos, pero todavía retienen un poco del aliento de vida. Tales todavía a lo mejor pueden caminar. ¡Pero imagínate un muerto levantándose y caminando con su cuerpo descompuesto por las calles de tu pueblo! Todo el mundo se apartaría de él por su mal olor. No hay cosa más repelente que un cristiano que vuelve a sus viejos pecados, valiéndose otra vez de su cuerpo descompuesto, para volver a ser preso de sus humillantes deseos carnales. Continuar en la negación de nosotros mismos es un prerrequisito de nuestra fe. Tenemos que considerarnos muertos en Cristo en todo tiempo.

Nuestra fe, no solo nos justifica de las cosas negativas, no solo consiste en quitar el hombre viejo y considerarnos crucificados y muertos. No; hay más. Nuestra fe es una cosa positiva. Es fe para vivir. Nuestra unión con Cristo en amor nos hace partícipes de su resurrección, triunfo y poder. De la misma manera que Jesús abandonó la tumba silenciosamente y pasó por rocas y paredes con su cuerpo espiritual, así el que cree se viste de Jesús, sabiendo que la vida eterna de nuestro Señor fluye en la persona que se agarra fuertemente a Cristo.

Cristo nunca muere. Ha vencido la muerte, porque su enemigo original no tiene poder sobre el Santo Ser. Jesús murió como el Cordero de Dios por nuestros pecados, y logró eterna redención. Murió para servir a Dios y a los hombres. Así, cuánto más nos dará su vida hoy para Dios y los hombres, puesto que vive y glorifica al Padre en todo momento para que muchos hijos e hijas pueden nacer para él, hijos que santifican su eterno nombre por medio de su buena conducta.

¿Conoces el emblema de nuestra fe? Nos negamos a nosotros mismos por completo cuando confesamos nuestros pecados y estamos unidos con la cruz. Es por eso que Jesús plantó el poder de su vida en nosotros, para que podamos levantarnos en espíritu y vivir para Dios en limpieza de conciencia, felizmente, en justicia eterna, porque Jesús se levantó de los muertos y vive y reina para siempre.

No obstante, hay una diferencia profunda entre Cristo y nosotros. Él fue santo en sí mismo desde la eternidad, pero nosotros solo obtuvimos verdadera santidad por nuestra unión con él por la fe. El apóstol no solo nos pide que sirvamos a Dios, sino también nos insta a servirle en Cristo. No merecemos acercarnos al Santo por nosotros mismos, pero cuando nos hundimos en el Salvador y nuestro egoísmo se muere en su amor, y continuamos en él, allí el poder, la bondad y la felicidad trabajan en nosotros para que podamos conquistar con creces nuestras flaquezas por medio de aquel que nos amó. Solo participamos en este privilegio por medio de la fe y con una voluntad quebrantada. ¿Crees que realmente has sido crucificado y enterrado con Cristo y que has verdaderamente resucitado por medio de su resurrección?

ORACIÓN: O santo Señor Cristo, tú eres mi substituto en la cruz. Tú llevaste mis pecados y mi condenación. Gracias por esta gran y amorosa salvación. Cumple en mí la negación de mí mismo, y establéceme en el conocimiento que estoy sentenciado a muerte para que pueda considerarme muerto en tu muerte. Gracias por tu sufrimiento y lo que te motivó a ello. Te glorificó porque plantaste tu vida en mí para que yo pudiese vivir para ti, glorificar a tu Padre, y estar unido contigo por la fe. O santo Señor, tu conviertes a criminales en santos y huérfanos en hijos de Dios que viven para él. ¡Cuán grande es tu gracia! Por favor, acepta nuestra adoración y nuestras vidas.

PREGUNTA:

  1. ¿Cómo fuimos crucificados con Cristo y resucitados con su vida?

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