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COLOSENSES - Cristo en vosotros, la esperanza de gloria
Meditaciones acerca de la epístola del apóstol Pablo a la iglesia en Colosas

PARTE 1 - Los fundamentos de la fe cristiana (Colosenses 1:1-29)

6. Cristo la cabeza y el redentor de la iglesia ante Dios (Colosenses 1:18-23)


COLOSENSES 1:19-20
19 por cuanto agradó al Padre que en él habitase toda plenitud, 20 y por medio de él reconciliar consigo todas las cosas, así las que están en la tierra como las que están en los cielos, haciendo la paz mediante la sangre de su cruz.

La plenitud de Cristo y nuestra reconciliación con Dios mediante la cruz de Cristo

Durante los largos años de su prisión preventiva bajo el poder de los romanos, Pablo encontraba tiempo para la intercesión, el agradecimiento y la meditación en la palabra de Dios. El reconocía que en Cristo se encontraba toda la bondadosa sabiduría, la omnipotencia creadora en su totalidad e inmensa amplitud. Pero no sólo respecto a la creación se prestaba esa plenitud, sino también en el ambiente del culto le pertenecían todos los dones de gracia y vida, de manera que el aprisionado apóstol hablaba de la inagotable riqueza de Cristo (Efesios 3:8). Pablo reconocía que en el crucificado pero resucitado habitaba toda la plenitud de la deidad con todas sus características, nombres y poderes. Esa plenitud siempre sigue siendo plenitud, aunque se tome de ella en plenitud. El misionero a las naciones pidió sin recato al Padre del Mesías que el amor de Cristo habitase en toda plenitud también en los seguidores de su Hijo (Efesios 3:19). El anciano apóstol Juan declaró más tarde con genial sencillez la respuesta de esa petición apostólica, diciendo: “Porque de su plenitud tomamos todos, y gracia sobre gracia” (Juan 1:16; Mateo 11:25-28; Juan 3:34.35; 16:15; 17:2.10 y otros).

La buena voluntad de Dios, desde siempre apuntaba a la reconciliación consigo mismo de la humanidad caída. Por eso cantaban los ángeles por el nacimiento de Cristo en Belén: “¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres!” (Lucas 2:14). Pablo escribió a los colosenses que Dios reconcilió todo el universo consigo por el Cristo, enviado por él (Efesios 1:9-10; Colosenses 1:20). En esto habló del lugar del cielo y del área de la tierra, pero no del infierno y de los demonios. Por mucho tiempo Satanás tenía permiso para entrar también en el cielo para acusar a profetas y a otros hombres (Job 1:6-2:10). Pero cuando él fue echado de esa área del cielo, después de la ascensión y entronización de Cristo, arrastró consigo un tercio de las estrellas (ángeles), porque se habían contaminado por sus mentiras (Apocalipsis 12:3.4a). Por eso también el cielo está incluído en la purificación necesaria y reconciliación con Dios.

La conclusión del tratado de paz con Dios se efectuó sólo por la sangre de Cristo en la cruz del Calvario. El último profeta del Antiguo Pacto, Juan el Bautista, había reconocido el misterio de Cristo después de su bautismo en el Jordán con singular claridad, y aclaró a sus discípulos: “¡He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo!” (Juan 1:29) Respecto a esto Pablo escribió a la iglesia en Corinto: “Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados, y nos encargó a nosotros la palabra de la reconciliación. V. 20 Así que, somos embajadores en nombre de Cristo, como si Dios rogase por medio de nosotros; os rogamos en nombre de Cristo: Reconciliaos con Dios. V.21 Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él” (2. Corintios 5:19-21). Pablo, desde la cárcel preventiva escribió a la iglesia de Efeso: “En quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados según las riquezas de su gracia, que hizo sobreabundar para con nosotros en toda sabiduría e inteligencia” (Efesios 1:7.8). Y Juan, el apóstol, testificó: “Y él es la propiciación por nuestros pecados; y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo” (1.Juan 2:2). Poco antes había escrito: “Si andamos en luz, como él está en luz, tenemos comunión unos con otros, y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado. V.8 Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros. V.9 Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad” (1.Juan 1:7-9).

Deberíamos comprender y testificar que la crucifixión de Jesucristo es el eje y centro del plan de salvación de Dios. El Nuevo Testamento declara muchas veces los misterios de su sacrificio expiatorio. Como el hijo de María nació sin pecado, y por el poder del Espíritu Santo, nunca pecó, él era la única persona autorizada para ser nuestro mediador en el juicio de Dios y sufrir nuestro castigo. El fue el Cordero para el sacrificio por todos los pecadores. Pablo aclaró a los romanos: “Por cuanto todos pecaron, y están destituídos de la gloria de Dios, v.24 siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús” (Romanos 3:23.24). Pedro testificó: “Sabiendo que fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir, la cual recibísteis de vuestros padres, no con cosas corruptibles, como oro o plata, v.19 sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación” (1.Pedro 1:18.19). En la carta a los hebreos leemos: “Con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados” (Hebreos 10:14). Feliz aquella persona que confesó todos sus pecados a su Salvador y recibió de él el perdón completo. Aquel puede decir con Pablo: “Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo” (Romanos 5:1).

Los que creen en la reconciliación universal, lamentablemente están en un malentendido. Ellos afirman que todo el mundo está reconciliado con Dios y en esto tienen razón. Pero si el pecador no cree en el sacrificio expiatorio de Jesús, y no se une al cuerpo de Cristo a través de la unidad del Espíritu Santo, la perfecta reconciliación con Dios, no le vale de nada. Existe una realidad de salvación firme y objetiva, pero ella se efectúa sólo por una apropiación de salvación subjetiva. Es verdad que Jesús murió por todas las personas y reconcilió a judíos, musulmanes, hindúes y comunistas con Dios. Jesús no tiene que morir una vez más por un grupo especial de incrédulos. Pero el que no acepta agradecido esta perfecta salvación, creyendo en el Cordero de Dios, se endurece a sí mismo y se aleja más y más de su Salvador y Redentor. El dijo con su decisión eternamente válida: “El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado” (Marcos 16:16). Antes Jesús ya había revelado en sus discursos de despedida: “Porque si no me fuese, el consolador (Espíritu Santo) no vendría a vosotros; mas si me fuere, os lo enviaré. V.8 Y cuando él venga, convencerá al mundo de pecado, ... por cuanto no creen en mí” (Juan 16:7-9). Jesús en su gran amor quitó y expió todos los pecados del mundo. Jurídicamente hablando ya no hay pecado de los pecadores. ¡Somos libres! Pero el que no cree en Jesús, su único Salvador y Redentor, cargará sobre sí nuevamente sus pecados perdonados. Ese es el mayor pecado del mundo, que no creen en el nombre de Jesucristo y su perfecta reconciliación con Dios.

Feliz aquel que reconoce que el Señor Jesús lo ha redimido verdaderamente y lo ha reconciliado con el Dios santo. Feliz aquel que le agradece por eso y le entrega su vida como sacrificio de alabanza. En esto está también involucrado, que debe perdonar a sus enemigos y adversarios, todos sus perversos hechos y malos intentos, porque, de lo contrario , sus viejos pecados vuelven sobre él (Mateo 6:12.14.15). La fe en Jesús, el Redentor, no significa sólo una aceptación intelectual de la salvación, sino implica una integración en la unidad de la iglesia con su cabeza espiritual. Creer en Jesús significa también: “Perdonar como él perdona”.

ORACIÓN: Señor Jesús te adoramos junto con el Padre por medio del Espíritu Santo, porque en ti habita la plenitud de la deidad. Tú has renunciado a tu gloria, te hiciste hombre como nosotros y moriste en la cruz en lugar nuestro. Tu sangre nos limpia de todo pecado, por eso te agradecemos eternamente. Amén.

PREGUNTA:

  1. ¿Qué significa que en Cristo habita la plenitud y que su sangre nos ha limpiado de todos los pecados?

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