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COLOSENSES - Cristo en vosotros, la esperanza de gloria
Meditaciones acerca de la epístola del apóstol Pablo a la iglesia en Colosas

Parte 2 - El conocimiento del misterio de Cristo protege de falsas doctrinas (Colosenses 2:1-23)

10. ¿Quién comprende la plenitud de la Deidad de Cristo? (Colosenses 2:8-10)


COLOSENSES 2:8-10
8 Mirad que nadie os engañe por medio de filosofías y huecas sutilezas, según las tradiciones de los hombres, conforme a los rudimentos del mundo, y no según Cristo. 9 Porque en él habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad, 10 y vosotros estáis completos en él, que es la cabeza de todo principado y potestad.

Pablo conocía de sus propios estudios e intervenciones de persecución con qué insistencia y perseverancia intentan los agentes de enseñanzas terrenales y ciencias demoníacas convencer a los que pensan distinto. Por eso profundizaba su capacitación para la defensa en las iglesias de Colosas y Laodicea. Él no luchaba en primer lugar contra los falsos maestros, quienes los hicieron problemas, sino rechazó todos sus errores en una oración subordinada. Pablo puso en relieve mucho más la maravillosa y singular posesión de la iglesia y llevaba a los creyentes al conocimiento más profundo de la persona de Cristo, su Señor y les revelaba su relación personal con él y con todas las potestades espirituales.

En esa oración subordinada que muestra el rechazo de Pablo, él advierte a todos los seguidores de Cristo que no se dejen engañar de huecas sutilezas y doctrinas galantes, que no tienen al Dios viviente como centro y meta. Al fin y al cabo son un engaño astuto, aunque son elogiados y propagados como sabiduría fastástica o indicador descubrimiento. Las honradas tradiciones de los pueblos y sus enseñanzas finalmente son “caminos equivocados” que no llevan a la meta, porque no están basados en las reales revelaciones del Espíritu Santo.

Hay enormes inspiraciones, visiones, religiones, ideologías y ordenanzas para la vida que en realidad son anticristiano. Viejas leyes naturales, derechos humanos o privilegios o asiento de palco, si no tienen en el centro al crucificado y resucitado en gloria, están muertos espiritualmente o sufren la “enfermedad de la muerte”. En su frase introductora Pablo sacudía todas estas ciencias humanas como algo sin valor. Ni hacía falta hablar mucho de esto. ¡Él tenía mucho más para ofrecer!

En una frase comprimida revela el misionero a las naciones el misterio de la persona de Cristo y con él el misterio de su iglesia. Él declaraba que en el Hijo de Dios habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad. El evangelista Juan como también el profeta Isaías aprueban esa revelación:

Jesús fue engendrado por el Espíritu Santo en María, así que la plenitud del Espíritu de Dios ya habitaba en el recién nacido, como está escrito: “Dios no da el Espíritu por medida” (Juan 3:34.35).

Después de su bautismo en el río Jordán en lugar nuestro, cuando él llevaba el pecado del mundo sobre sí, se posaba el Espíritu Santo en forma de paloma sobre el Cordero de Dios que estaba dispuesto a sufrir y morir. Desde este momento Jesús testificaba a los oyentes: “El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido” (Lucas 4:18)

Ningún hombre podía sobrellevar la indescriptible carga de depravación y delitos de toda la humanidad, sino Dios mismo. Por eso Pablo declaró impresionado: “Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo ... Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él” (2. Corintios 5:15.19.21) Ningún mortal era y es sin pecado. Por eso Dios se hizo hombre, para que un hombre viviera sin pecado y tuviera el derecho de morir como inocente sacrificio expiatorio en lugar de todos los culpables.

Dios apareció por nuestra justificación como trinidad, pero que siempre era uno. En su oración sacerdotal Jesús declara este misterio a todos los que confian (Juan 17:21-23). Él confirma con eso por qué el anunciado Mesías se llama ya en la profecía de navidad del antiguo pacto “Padre eterno”. En el nacimiento de Jesús el Padre Dios se hizo hombre (Isaías 9:6). Con esa confesión Pablo declara la continua unidad de la santa trinidad. Dios siempre es uno, como Jesús testificó: “Yo y el Padre uno somos”, no dos (Juan 10:31).

En la revelación de Pablo leemos que toda la plenitud de la Deidad habitaba en el débil cuerpo de una persona. Esta declaración rompe nuevamente nuestras imaginaciones y se acerca a la parábola, como que el grandísimo sol pudiera esconderse dentro de la pila de una linterna. Algunos judíos querían apedrear a Pablo por sus declaraciones. Pero el apóstol Juan confesó con otras palabras casi lo mismo: “Y aquel verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad ... porque de su plenitud tomamos todos, y gracia sobre gracia” (Juan 1:14.16). Jesús es la palabra de Dios hecha hombre en su autoridad de creación, curación, legislación, control, perdón, consolación, renovación y juicio. La incomprensible plenitud de la Deidad habitaba, actuaba y actua en Jesús, nuestro Señor y Salvador hasta hoy y toda la eternidad. Él mismo dijo: “¡El que me ha visto a mí, ha visto al Padre!” (Juan 14:9) y 10 “¿No crees que yo soy en el Padre, y el Padre en mí? Las palabras que yo os hablo, no las hablo por mi propia cuenta, sino que el Padre que mora en mí, él hace las obras. 11 Creedme que yo soy en el Padre, y el Padre en mí; de otra manera, creedme por las mismas obras” (Juan 14:10.11)

La fe en la Deidad de Jesús no es una creencia teórica. Tres de sus discípulos vieron su gloria en el monte de la transfiguración (Mateo 17:1-9; 2.Pedro 1:16-18).

Pablo quedó enceguecido completamente de la luminosa gloria de Cristo cuando se le apareció y habló con él, ante Damasco. Después de tres días de arrepentimiento, para dejar atrás las interpretaciones antiguotestamentarios para la justificación a través del cumplimiento de las leyes mosáicas, recibió nuevamente la vista por el recibimiento del Espíritu Santo por medio de Ananías (Hechos 9:1-19). Juan, el discípulo amado de Jesús cayó como muerto a tierra cuando vio la gloria de Jesús, cuando se le presentó delante de él como juez, reformador y Señor (Apocalipsis 1:12-18). “Su rostro era como el sol cuando resplandece en su fuerza” (Apocalipsis 1:16). El que intenta al mediodía mirar al pleno sol y lo hace por mucho tiempo, se enceguece. La gloria de Jesús es mayor que nuestra capacidad de pensar o sentir. Toda la plenitud de la Deidad habita en él.

ORACIÓN: Te adoramos Señor Jesús porque en ti se encuentran todas las fuerzas y características de Dios. El que te ve a ti, ve al Padre. A ti te es dado todo poder en el cielo y en la tierra. Perdónanos que no siempre desechamos en seguida el temor y la preocupación. Tú eres todopoderoso. Por tu nombre Jesús, tienen que salir todos los malos espíritus. Amén.

PREGUNTA:

  1. ¿Qué significa la confesión del prisionero Pablo que en Cristo habíta corporalmente toda la Deidad?

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