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COLOSENSES - Cristo en vosotros, la esperanza de gloria
Meditaciones acerca de la epístola del apóstol Pablo a la iglesia en Colosas

Parte 2 - El conocimiento del misterio de Cristo protege de falsas doctrinas (Colosenses 2:1-23)

9. Nuestro arraigo en Cristo (Colosenses 2:4-7)


COLOSENSES 2:4-7
4 Y esto lo digo para que nadie os engañe con palabras persuasivas. 5 Porque aunque estoy ausente en cuerpo, no obstante en espíritu estoy con vosotros, gozándome y mirando vuestro buen orden y la firmeza de vuestra fe en Cristo. 6 Por tanto, de la manera que habéis recibido al Señor Jesucristo, andad en él; 7 arraigados y sobreedificados en él, y confirmados en la fe, así como habéis sido enseñados, abundando en acciones de gracias.

Pablo escribió su desafiante confesión de fe, que en Cristo se encuentran todos los conocimientos y toda sabiduría del cielo y de la tierra, para que los nuevos creyentes en la zona alrededor de Efeso no se dejen seducir de charlatanes engañadores. El apóstol sabía, que estafadores con artimañas seductoras fácilmente pueden engañar a creyentes nuevos e intentar de convencerles con aparentes ciencias y conocimientos fantásticos. Por eso escribe el apóstol: “Examinadlo todo; retened lo bueno” (Filipenses 1:10; 1. Tesalonicenses 5:21 y otros). No se dejen seducir con palabras lisonjeras o milagros grandiosos, pues también el falso profeta del anticristo hará “grandes señales, de tal manera que aun hace descender fuego del cielo a la tierra delante de los hombres y engaña a los moradores de la tierra con las señales” (Apocalipsis 13:13-15).

Si una persona reconoce la majestad salvadora y sabiduría misericordiosa de Dios en Jesucristo, entonces está muerto a todas las filosofías y programas de partidos políticos y vive sólo por la gracia del crucificado.

Pablo aseguraba a los que eran tentados, que él no los olvidaría ni dejaría. En sus pensamientos y oraciones siempre estaría con ellos, para que no se sientan solos en cuestiones dudosas. El apóstol también afirmaba a las dos iglesias, que él se alegraba de oír de uno de los ancianos, que ellos realizaban sus reuniones y servicios en un buen orden espiritual, y que estaban unidos batallando, confiando en Cristo, su Salvador y que se defendían valerosamente frente a los que les tentaban.

Pablo también recordaba a los seguidores de Cristo en Colosas y Laodicea el comienzo de la fe de ellos. Estos habían recibido el mensaje del crucificado y resucitado no como base de interminables discusiones, sino lo experimentaron personalmente por la purificación de sus conciencias, lo vivieron como poder para la fe y lo practicaron como gozo en una comunidad de personas felices. Ellos habían reconocido a Dios como su Padre, a Jesús como su Hijo y al Espíritu Santo como su consolador y guía. Con certeza habían recibido a Jesús como su Salvador, porque él los había recibido antes y los había redimido. Su propia decisión no era el principio de su fe, sino el amor de Dios que los había preparado para su salvación, que la tenían cerca de ellos y que se realizó en ellos. La gracia de Dios fue el misterio de su fe, no sus propios logros o cualidades. Ellos se parecían a caminantes que se habían perdido, que se encontraban en un valle oscuro sin salida, pero de pronto vieron a lo lejos una luz, corrieron hacia ella, ésta, cada vez brillaba más, hasta que al fin se encontraron completamente envueltos en la luz de la gracia. Estos llamados y justificados le aceptaron como su Luz y Redentor. Sin mucho pensamiento intelectual, fueron vencidos por Su gracia.

El apóstol exhortaba a los que estaban confundidos por los amantes de filosofías y legalistas fanáticos, que vivan de la misma forma como habían comenzado en la fe. La gracia inmerecida y gratuita del amor de Dios por la muerte sacrificial de Jesús, debía ser su lema y la fuente de poder de su fe, para que vivieran por gracia, purificados en Cristo delante de Dios. Ni sus obras, ni conocimientos filosóficos, tampoco las 613 leyes de Moisés debían ser su guía en la vida, sino sólo el resucitado Señor Jesús en su esplendorosa gloria, quien los había asido en su lugar de protección. Ellos viven en él, como miembros movibles de un cuerpo. El era su cabeza, ellos su cuerpo espiritual. Todas las palabrerías e incluso pruebas inequívocas intelectuales, tenían que ser para ellos, algo cegato, pasajero y sin valor. Ellos habían recibido mucho más en su amado Redentor.

El apóstol sabía que las emociones pronto se enfrían. Por eso exhortó a las iglesias, que estudiaran de Jesús, que le conozcan mejor, que lo experimenten,que se alleguen a él y se dejen convencer y formar por su grandeza, amor y poder. Ellos debían parecerse a árboles que se arraigan en el suelo donde hay agua, para sacar de allí la fuerza y por consecuencia llevar mucho fruto. Este principio no debían seguir por la fe en la ley de Moisés, sino en la relación con Jesucristo (Salmo 1:3; Mateo 5:17-20). Pablo recomienda a los miembros de las iglesias ser edificadores sabios, que no levantan sus casas sobre la arena, al lado de un precipicio, sino que reconozcan la roca sólida que es Jesús y edifiquen sobre él (Mateo 7:24-27). Su fe debía ser probada, fortalecida y anclada profundamente en sus corazones.

Al apóstol lo que le importaba era que nadie tratara de edificar su fe según sus propias ideas, sino que escuchara con humildad y agradecimiento a los ancianos experimentados, cuya fe se aprobó a través de sufrimientos y tentaciones. ¡Feliz el seguidor de Cristo que no vive solo, sino que participa de estudios bíblicos bendecidos, que escucha predicaciones y grabaciones que le ayuden en su vida práctica, que pueda verificar todo esto con la palabra de Dios impresa y considerar todo en oración con su Señor!

Pablo estaba interiormente tan impresionado de la bondad, plenitud y gloria de Cristo, que cierra su enseñanza con las palabras: “¡Abunden en acciones de gracias!” Discutir puede ayudar a veces. Pero, ¡agradecer abre el camino al trono del Señor! “El que sacrifica alabanza me honrará; y al que ordenare su camino, le mostraré la salvación de Dios” (Salmo 50:23). Aquí hay una aspecto paralizador de la cristiandad, pues somos exigentes en cuanto a pedir, pero mezquinos en el agradecimiento. Por eso nos cansamos en el espíritu, nos volvemos como ciegos y vemos a Jesús en una forma borrosa y no le vemos en su gloria. El nos regaló vida espiritual, justicia y valor para creer y servir. Sin El no podemos hacer nada bueno. Pero, ¿dónde queda nuestro agradecimiento por su amor, su paciencia, su sacrificio en nuestro lugar, como también el poder de su espíritu y la esperanza de la gloria? ¡Feliz aquel que se arrepiente y se ejercita en el agradecimiento. ¡Feliz el hombre que da muchas gracias al Padre celestial por medio de Jesús, el Señor de todos los señores!

ORACIÓN: Padre celestial, te exaltamos y te agradecemos, porque el apóstol Pablo nos exhorta arraigarnos sólo en Jesús, para que no nos dejemos seducir de sectarios piadosos, sino que nos basemos en Jesús, tu Hijo, agradeciéndole y guardando su palabra. Bendice especialmente a aquellos cristianos, que viven su fe en soledad. Fortalécelos por el poder de tu Espíritu, por tu cuidado y tu poder. Amén.

PREGUNTA:

  1. ¿Cómo fortaleció Pablo la iglesia contra la influencia de sectarios?

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