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COLOSENSES - Cristo en vosotros, la esperanza de gloria
Meditaciones acerca de la epístola del apóstol Pablo a la iglesia en Colosas

Parte 3 - ¿Cómo está tu vida de resurrección? (Colosenses 3:1-17)

14. ¿Has resucitado de los muertos con Cristo? (Colosenses 3:1-4)


COLOSENSES 3:1-4
1 Si, pues, habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. 2 Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra. 3 Porque habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios. 4 Cuando Cristo, vuestra vida, se manifieste, entonces vosotros también seréis manifestados con él en gloria.

Pablo comienza su doctrina acerca de la conducta y vida del creyente con un golpe de centella. El preguntó a los colosenses, si habían tomado participación en la resurrección de Cristo por su nueva fe. Esta oración es una pregunta impresionante. Desde que Pablo había visto y experimentado la gloria y belleza del resucitado Jesús, todo lo demás en el mundo significaba solamente paja y polvo. Lo único que valía era el Cristo viviente, a quien se le había dado todo el poder en el cielo y en la tierra. Su luminosa potencia había tocado a Pablo. El joven fanático religioso ya no era ciego por la luminosa gloria de su majestad, sino había recibido participación de la deidad y la vida de Jesús, por medio del Espíritu Santo. Nuestra fe en el hijo de María nos vivifica espiritualmente y nos da derecho jurídico y real de participar de la resurrección de Jesús. El Señor había pronosticado este misterio a Marta, la hermana de Lázaro: “25 Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. 26 Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente. ¿Crees esto? (Juan 11:25.26).

La fe en Jesús no implica solamente un acto intelectual, es además, recibir fuerza y vida, que representa nuestro anticipo en su resurrección de los muertos. En la persona de Cristo se manifiestan la resurrección y la vida eterna para todos los que están relacionados con él por fe. Su vida en ellos no muere. Es eterna. Así pregunta también Pablo: „¿Has resucitado realmente con Cristo de los muertos o estás revoloteando todavía entre la muerte y la vida? ¿Vives con él en fidelidad o todavía estás muerto en pecado y arrogancia?”


15. La meta para una vida con Cristo


El que está relacionado por la fe con Jesús, ha encontrado su lugar en él y depende de él. Pablo escribe a los colosenses, para él desconocidos: Buscad, indagad, orad y anhelad con toda vuestra energía y voluntad, pues a él le importa, que ellos reconozcan a Jesús que vive arriba en el cielo, a la diestra de Dios, su Padre, en el puesto de honor y que gobierna junto con él todo el universo (Salmo 110:1; Mateo 22:44; Hechos 2:34.35; Hebreos 1:13 y otros). Todo lo demás es pasajero y no vale nada. El sólo es lo más valioso para la vida. Por eso Pablo repite su mandato apostólico: “Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra” (Colosenses 3:2). El exaltado Jesús sigue siendo la meta y dirección para la vida, la muerte y la resurrección de todos los creyentes. Lo que se tiene en estima en la tierra como belleza, o se muestra como algo deseable, se desvanece y se opaca al ver la gloria del Cristo resucitado. Las calificaciones de escuelas y academias tan anheladas, los que escalan puestos políticos, económicos y sociales, finalmente son un autoengaño. El más pequeño en el reino de los cielos es mayor que el más poderoso, rico o famoso sobre la tierra.

Pruébate: “Cuánto por ciento de tus pensamientos y planes se dirigen hacia Jesús y su reino, y cuánto por ciento utilizas en tu profesión, tu familia y para ti mismo?” Muchos creyentes viven en forma esquizofrénica. Buscan tanto lo que está arriba como también lo que está en la tierra. No reconocen, que su doble estrategia se torna pasajera y que las preocupaciones diarias les están devorando. Se parecen a la persona que entra en el auto y acelera, sin embargo, un pie está afuera, en el suelo. Por poco se parte en dos. Ellos tienen que decidirse sólo por Jesús y empezar a pensar de otra manera: “Despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, el cual por el gozo puesto delante del él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios” (Hebreos 12:1-2). Para este cambio de pensamiento necesitamos una cura radical.

Pablo conecta esta descripción de la meta para seguidores de Cristo con una expresión macabra, con la que casi nos quedamos atragantados: “Porque habéis muerto” (Colosenses 3:3). Nadie quiere escuchar esta expresión destructora: “¡Tú estás muerto!” En la primera guerra mundial, en un hospital militar turco, ocurrió que el médico responsable pasó por las filas de los heridos y señaló a todos los que habían fallecido, para que fueran sacados de allí. Así dijo también a uno que estaba acostado en el suelo: “¡Este está muerto!” Sin embargo, el soldado levantó la cabeza y gritó: “No estoy muerto, estoy vivo”, sin embargo , el enfermero quien siguió al médico le dijo: “¡Calla! Si el médico jefe dice: “¡Tú estás muerto, entonces estás muerto!”

Pablo escribe en pretérito perfecto a la iglesia en Colosas: “Habéis muerto”. De este modo testificaba a ellos, lo que había escrito ya a la iglesia en Roma (en la forma “nosotros”), involucrándose a sí mismo: “¿O no sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte? 4 Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva. 5 Porque si fuimos plantados juntamente con él en la semejanza de su muerte, así también lo seremos en la de su resurrección; 6 sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea destruído, a fin de que no sirvamos más al pecado. 7 Porque el que ha muerto, ha sido justificado del pecado... 11 Así también vosotros consideraos muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro.” (Romanos 6:3-11).

Pablo sabía que nadie quiere morir. Pero él también experimentó que el pecado está muy arraigado y fuerte en nuestro cuerpo, alma y sangre. Solamente la muerte espiritual lo puede vencer. Por eso dice Jesús: “24 Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame. 25 Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí, la hallará. 26 Porque ¿qué aprovechará al hombre, si ganare todo el mundo, y perdiere su alma? ¿O qué recompensa dará el hombre por su alma?” (Mateo 16:24-26).

Tales mensajes desafiantes no le gusta oír a la gente. Pero el que puso su meta de vida en Jesús, odia el pecado y lo rechaza de su propia vida y también en la iglesia y desea ser liberado del mal. Con todo eso declara Pablo: “Vuestra vida está escondida con Cristo en Dios” (Colosenses 3:3). Si su canción respecto a nuestra “muerte” nos conmovió, entonces su canción de resurrección para los seguidores de Cristo es tanto más emocionante y alarmante. No solamente nuestros nombres están escritos en el libro de la vida en el cielo, sino la nueva vida que nos fue regalada por Dios a través del Espíritu Santo, queda indisolublemente unida a la persona de Jesús. El es nuestra vida, nuestra fuerza y nuestra paz. Sólo en El y con El vivimos eternamente. Nosotros mismos seguimos siendo personas con errores. Con El y en El, tenemos un futuro brillante. Como Jesús vive en Dios y su Padre se manifestó en su vida, así también el Cordero de Dios nos involucró a nosotros en la comunión con su Padre. ¿Quiénes somos nosotros para que podamos pensar, oír y creer tales cosas? “15 Todo aquel que confiese que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él, y él en Dios. 16 Y nosotros hemos conocido y creído el amor que Dios tiene para con nosotros. Dios es amor; y el que permanece en amor, permanece en Dios, y Dios en él” (1.Juan 4:15-16)

Pablo no hablaba solamente de nuestra vida escondida en la santa trinidad como una firme realidad espiritual, sino que fue impulsado por el Espíritu Santo a testificar a la iglesia en Colosas, la esperanza segura, que se manifestará en nuestra vida eterna en Cristo. Este acontecimiento futuro era para Pablo tan seguro, que él declaraba a la persona de Jesús como manantial burbujeante de nuestra vida eterna. No recibimos otra vida de parte de Dios. El Espíritu Santo no se engrandece a sí mismo, como si él fuera la vida eterna en nosotros, sino que él glorifica a Jesús y testifica claramente que el Cordero de Dios es nuestra vida en Dios.

La historia mundial se acerca al regreso glorioso de Jesucristo, cuando él vuelva a la tierra como Juez y Redentor de su iglesia. Pablo esperaba anhelante que aparezca el vencedor del Gólgota y se manifieste con su venida, a la plenitud de la vida de Dios. El apóstol prisionero declaró sin lugar a dudas, que en la venida de Jesús en su poder y autoridad, sus seguidores serán iluminados y vestidos de su gloria, para que reflejen la alteza y el brillo de su amado Señor y Salvador. Ya al comienzo de su epístola a los colosenses describe el gran misterio que le fue revelado: “es Cristo en vosotros la esperanza de gloria” (Colosenses 1:27).

Esa esperanza a la cercana tranformación sobrenatural de los creyentes, era para Pablo lo más importante en la tierra. Su anhelo se basaba sobre la visión de Jesucristo ante Damasco. Lo había visto a “El” en su gloria. Desde este momento todo lo demás carecía de importancia para él. Para Pablo, la meta era la venida del Señor y Rey, era su parámetro y la seguridad de esperanza. El escribió: “Nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios” (Romanos 5:2). Las cualidades de vida terrenales no eran su esperanza, sino la visible perfección de los seguidores de Cristo en unión con su Señor y cabeza. Vale la pena memorizar ese saludo de Pablo y su meta para todas las iglesias:

“1 Si, pues, habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. 2 Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra. 3 Porque habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios. 4 Cuando Cristo, vuestra vida, se manifieste, entonces vosotros también seréis manifestados con él en gloria” (Colosenses 3:1-4).

ORACIÓN: Padre celestial, te adoramos porque tu Hijo Jesús ha puesto en nuestros corazones la vida eterna. El está sentado a tu diestra. En él está escondida nuestra vida. Con ansias estamos esperando su regreso, para en nosotros se vea tu gloria y la suya, tu amor y el suyo. Ayúdanos a que no amemos a nadie y nada más que a ti. Amén.

PREGUNTA:

  1. ¿Cuál es la meta y dirección de tu vida?

La esperanza a la visible unión con Jesús en gloria, demanda preparación concreta en la santificación de la vida práctica para cada uno que ama a Cristo: Sed santos, porque yo soy santo.''

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