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COLOSENSES - Cristo en vosotros, la esperanza de gloria
Meditaciones acerca de la epístola del apóstol Pablo a la iglesia en Colosas

PARTE 1 - Los fundamentos de la fe cristiana (Colosenses 1:1-29)

7. Los sufrimientos de Pablo por sus iglesias y el misterio del evangelio (Colosenses 1:23c-29)


COLOSENSES 1:25-27
25 de la cual fui hecho ministro, según la administración de Dios que me fue dada para con vosotros, para que anuncie cumplidamente la palabra de Dios, 26 el misterio que había estado oculto desde los siglos y edades, pero que ahora ha sido manifestado a sus santos, 27 a quienes Dios quiso dar a conocer las riquezas de la gloria de este misterio entre los gentiles; que es Cristo en vosotros, la esperanza de gloria.

El misterio revelado de la iglesia de Jesús

Pablo no se denomina solamente siervo de Cristo (Colosenses 1:23), sino también siervo de las nuevas iglesias plantadas en Asia Menor y Grecia. El no les escribía como un honorable patriarca o apóstol de los gentiles, sino se nombraba, igual que Jesús, como uno que venía para servir (Mateo 20:28). La revolución de la humildad de Cristo continúa en sus iglesias, siempre que su Espíritu gobierne en ellas. La actitud de bajarse y ponerse al nivel de los pequeños, necesitados y pobres, es imprescindible para un discípulo de Jesús. Nuestro orgullo debe quebrarse, mientras que el amor del Salvador gana la victoria.

El Cristo resucitado le encargó a Pablo su tarea y ministerio a través de Ananías, un creyente sencillo de Damasco (Hechos 9:6.15.16). El debía llevar el nombre de Jesús a los gentiles, a reyes y a los hijos de Jacob, aunque le produjera muchos sufrimientos. Pablo aceptó su llamamiento al ministerio espiritual por el trino Dios, esforzándose a obedecer a su mandato, predicando la palabra de Dios abundantemente. El predicó el evangelio del Mesías Jesús, en un tiempo que ningún otro evangelio había sido traducído al griego. Pablo escribió a los corintios: “Pues si anuncio el evangelio, no tengo por qué gloriarme; porque me es impuesta necesidad; y ¡ay de mí si no anunciare el evangelio!” (1.Corintios 9:16). También se atrevió a escribir a los colosenses, a quienes les había compartido la completa palabra de Dios, aunque nunca los había visitado. Pero Epafras les predicó en detalle el mensaje de Pablo anunciado en Efeso, y les compartió el poder de Dios en estas palabras.

El acontecimiento de la verdadera predicación del evangelio

Pablo testificó que en el evangelio se escondía un misterio, que no cualquier persona podía entender. (Mateo 11:25.26; 1.Corintios 1:26-29). Este misterio quedó encubierto a generaciones de gente temerosa de Dios, a ángeles de la eternidad e incluso a profetas obedientes. Ellos vislumbraron que algo grandioso vendría, pero para ellos permanecía oculto. Pablo había experimentado que este misterio se realizaba silenciosamente en los seguidores de Jesús, que él llamaba “santos”. Santo es aquel, que vive sin pecado y sirve lleno de amor a todas las personas, sin recibir recompensa, así como Jesús amaba a todos y se sacrificó por ellos. Nadie puede hacer esto por sus propias fuerzas, sino que se necesita una gracia especial y la intervención de Dios.

Los verdaderos santos reconocen su falta de santidad, la confiesan radicalmente a su Señor, creen en la purificación de sus pecados por la sangre de Cristo, son iluminados y animados por el Espíritu del Cordero de Dios, quien los impulsa a seguir a Jesús, en su fuerza y negándose a sus propios deseos. La mayoría de los santos no son reconocidos por sus prójimos, porque no hablan de sí mismos, sino de su Señor y Salvador, tanto con palabras como con hechos. El proceso de su renovación está íntimamente relacionado con el misterio del cual escribía Pablo. El testificó en su adoración a Dios, que la gloriosa riqueza de este misterio se realiza también entre los gentiles, porque Jesús habita en sus corazones y mentes.

Hasta ahora Pablo había explicado a los colosenses, que ellos realmente vivían en su iglesia en el cuerpo espiritual de Cristo y que eran miembros activos bajo la dirección de Jesús, su cabeza . Su sangre los purificó y circulaba en ellos. Su Espíritu estaba y actuaba en ellos. Ya no eran independientes, sino que vivían y amaban “en Cristo” como miembros de su cuerpo espiritual. Ellos estaban conectados a la corriente del poder de Dios e “incorporados” en su Hijo.

Pero ahora Pablo seguía más adelante. El testificó a los colosenses y a todas las iglesias en el mundo, que Jesús los amaba tanto que quería habitar en ellos. El había pronosticado este impresionante misterio : “El que me ama, mi palabra guardará; y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada con él” (Juan 14:23). Jesús seguía diciendo: “Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer” (Juan 15:5-7).

Pablo, en su prisión preventiva, oraba de rodillas a Dios el Padre: ”para que os dé, conforme a las riquezas de su gloria, el ser fortalecidos con poder en el hombre interior por su Espíritu; para que habite Cristo por la fe en vuestros corazones, a fin de que seáis arraigados y cimentados en amor” (Efesios 3:16-17). El habitar del Espíritu Santo en los santos que oran y son temerosos de Dios, significa también que Cristo habita en los que le buscan.

¡Cristo no es sólo una persona histórica del pasado, sino mucho más, es el Hijo viviente de Dios, el todopoderoso Creador del universo, el bondadoso médico de todos los enfermos, el Redentor para con Dios, el que perdona nuestros pecados, el que bautiza con el Espíritu Santo, el soberano Señor y el que regresa como el Rey de reyes! ¿Quién no tiembla al pensar que el Cordero de Dios quiere hacer morada en nosotros? Somo indignos que él nos mire. Pero El se inclina hacia nosotros, nos limpia por su sangre y nos otorga su buen Espíritu y vive en nosotros. No viene de visita, sino que permanece en nosotros eternamente. Esto es algo sensacional, una insondable misericordia, es cruzar el umbral de la muerte, pues El, que es la vida misma, nos da vida, nos levanta a su nivel y nos hace hijos de su Padre celestial. ¿Quién le agradece por su fidelidad y le adora , el que es el principio y el fin, y el que por vivir en nosotros nos ha involucrado en su plenitud divina y nos ama con amor eterno? Como seguidores de Cristo no tenemos solamente el privilegio de estar “en él”, sino mucho más, pues, “él en nosotros” es el anticipo de nuestro futuro. La frase clave del evangelio “nosotros en él”, lo encontramos más de cien veces en el Nuevo Testamento. El término “él en nosotros” se encuentra cerca de treinta veces en las escrituras del Nuevo Pacto (Romanos 8:10; 2.Corintios 13:3.5; Gálatas 4:19; Colosenses 1:27; 1.Pedro 3:15 y otros).

Pablo no se conformaba con el hecho de haber asegurado a los colosenses, que el hijo de María, engendrado por el Espíritu Santo, habita en aquellos que confían en El. Pablo sacaba la conclusión, que el Señor de la gloria, que vive hoy en los creyentes renacidos, les regala su gloria y los prepara para la vida en la eternidad. La esperanza de los creyentes no es algo vago y no se limita en un paraíso material, sino somos llamados a una gloriosa esperanza. Pablo escribió a los romanos: “A los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos. Y a los que predestinó, a éstos también llamó; y a los que llamó, a éstos también justificó; y a los que justificó, a éstos también glorificó” (Romanos 8:29-30).

La gloria de Dios se entiende entre los estudiosos judíos como la suma de todas sus características. Como toda la plenitud de la deidad que habita en Jesús, quiere decir que al vivir él en sus seguidores, también trae consigo los rayos de su gloria en ellos y los transforma a su imagen. El hecho de que Cristo vive en sus discípulos, les da el privilegio que ellos pueden volver a su Padre celestial (Efesios 1:13-14; Colosenses 1:5).

En un viaje misionero a Bakú, Azerbaiján, nos encontramos con Sascha, un cantor de ópera ruso, quien había llegado a ser cristiano activo. Cuando nos reconoció como alemanes, entonaba con su fuerte y melódica voz una parte de una canción infantil:

“Ven a mi corazón,
Señor Jesús”

Quizá no conocía otros textos más en alemán, así lo repitió con entusiasmo varias veces para que no lo olvidemos más. Estas palabras son un eco de una oración infantil que deberían expresar todas las personas:

Yo soy pequeño
limpia mi corazón,
nadie debe vivir allí,
solamente mi amado Salvador.

Los críticos del evangelio piensan que es imposible que el glorificado Jesús pueda vivir en el cielo como también en el corazón de personas en esta tierra. Respecto a eso dijo Jesús: “Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que le adoren” (Juan 4:24). La Biblia testifica lo mismo para Jesús, el engendrado por el Espíritu Santo, quien después de su resurrección pasó silenciosamente a través de paredes y puertas cerradas (Juan 20:19-23). Pablo describe esta realidad a su manera: “El Señor es el Espíritu; ... Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos tranformados de gloria en gloria a la misma imagen, como por el Espíritu del Señor” (2.Corintios 3:17.18). Como el trino Dios es Espíritu, le es posible estar en todas partes al mismo tiempo, especialmente allí donde es amado y honrado. El que es renacido por el Espíritu le conoce y experimenta su cercanía.

ORACIÓN: Te adoramos, Cordero de Dios, que no rehusaste venir a nuestro mundo para morir por nosotros, sino además quieres hacer morada en nosotros. Ayuda a todos los lectores de estas lecciones, a orar como un niño: “¡Ven a mi corazón, Señor Jesús!” Amén.

PREGUNTA:

  1. ¿Cómo hace morada el todopoderoso Hijo de Dios en hombres mortales y vive en ellos eternamente?

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