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COLOSENSES - Cristo en vosotros, la esperanza de gloria
Meditaciones acerca de la epístola del apóstol Pablo a la iglesia en Colosas

PARTE 1 - Los fundamentos de la fe cristiana (Colosenses 1:1-29)

Apéndice 1 - El saludo apostólico


Y del Señor Jesucristo

Para el apóstol Pablo, el Mesías Jesús no era solamente el hijo de María de Nazaret, sino el resucitado Señor de la gloria, quien le impidió, ante la ciudad de Damasco, seguir su camino de destrucción de la iglesia. Pablo había visto con sus propios ojos a Jesús, en toda su gloria, como Señor de señores y en ese instante, comprendió que el reino del eterno Rey no es de este mundo. Este Todopoderoso no cobra impuestos ni compra tanques ni misiles, sino que actúa por el poder de su nombre y en su Espíritu. Jesús había revelado su autoridad secreta ante Pilato, el gobernador romano: “Mi reino no es de este mundo; si mi reino fuera de este mundo, mis servidores pelearían para que no sea entregado a los judíos; pero mi reino no es de aquí. V.37 Le dijo entonces Pilato: ¿Luego, eres tú rey? Respondió Jesús: Tú dices que yo soy rey. Yo para esto he nacido, y para esto he venido al mundo, para dar testimonio a la verdad. Todo aquel que es de la verdad, oye mi voz.” (Juan 18:36-37).

En la lengua semita,el vocablo “verdad” significa, derecho. Jesús reveló una nueva ley y puso su amor santo como principal meta de su reino. Nosotros deberíamos pensar y obedecer los 1000 mandamientos de nuestro rey en el Nuevo Testamento, entonces podríamos entender mucho mejor el carácter de nuestro Señor, Su ley y los principios de su reino espiritual (Mateo 28:20; Juan 13:34). En este sentido testifica Pablo: “Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte” (Romanos 8:2). El Espíritu Santo no es un espíritu de desorden, es todo lo contrario, vive en El una ley que tiene armonía con la ley de Cristo. Jesús ya había dicho a sus discípulos: ”Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame. V.25 Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí, la hallará. V.26 Porque ¿qué aprovechará al hombre, si ganare todo el mundo, y perdiere su alma?” (Mateo 16:24-26).

El que estudia la ley de Cristo, encontrará que la mayoría de sus mandatos se refiere a la extensión de su reino. Jesús reveló su poder después de su resurrección de los muertos no para elogiarse, sino para instar a los tímidos discípulos, a que inviten a otros a abrirse al Padre, Hijo y Espíritu Santo y por el bautismo integrarse en su reino (Mateo 28:18-19). El animaba y exhortaba a sus seguidores: ”A cualquiera, pues. que me confiese delante de los hombres, yo también le confesaré delante de mi Padre que está en los cielos. Y a cualquiera que me niegue delante de los hombres, yo también le negaré delante de mi Padre que está en los cielos.” (Mateo 10:32-33).

Parte de las especiales características del reino de Dios es el amor al enemigo. Este mandamiento resulta incomprensible para el hombre natural, pero para cada seguidor de Jesús, nacido de nuevo, es una obligación indispensable. En Mateo cap 5 dice: “Oísteis que fue dicho: Amarás a tu prójimo, y aborrecerás a tu enemigo, v.44 pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen; v.45 para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y que hace llover sobre justos e injustos. V.46 Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tendréis? ¿No hacen también lo mismo los publicanos? V.47 Y si saludáis a vuestros hermanos solamente, ¿qué hacéis de más? ¿No hacen también así los gentiles? V.48 Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto” (Mateo 5:43-48) El que lee esta lista de los mandatos misericordiosos de Jesús y los quiere cumplir, empieza a temblar, porque el amor a los adversarios es bastante pobre aún entre los creyentes. Además nos quebramos ante la perfección de nuestro Padre celestial, pero sus virtudes bondadosas por medio del Espíritu Santo, que nos fue dado, nos animan y guían para amar a nuestros enemigos, para que la escencia del reino de Jesucristo, se cumpla en nosotros , porque “No con ejército, ni con fuerza, sino con mi Espíritu, ha dicho Jehová de los ejércitos” (Zacarías 4:6).

Los principios y poderes del reino de Dios están escondidos en el nombre de Jesús. El inocente Rey de reyes fue el único Cordero de Dios que llevó todos los pecados del mundo (Juan 1:29; Apocalipsis 5:5-6). Con su sacrificio expiatorio purificó un pueblo de todos los pueblos, que justificado por su sangre pudiera llegar a ser limpio y digno de El. Pedro testificó de Jesús a las iglesias en Asia Menor y en todo el mundo “Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable; vosotros que en otro tiempo “no érais pueblo”, pero que ahora sois “pueblo de Dios”; que en otro tiempo no habíais alcanzado misericordia, pero ahora habéis alcanzado misericordia” (1. Pedro 2:9-10).

Jesús también vino para deshacer las obras del diablo (1.Juan 3:8).No solamente venció el pecado, la mentira y el odio por sí mismo y en su iglesia, sino que con su resurrección de los muertos venció a la muerte y aseguró a sus seguidores lo que ningún fundador de religiones haya podido decir de sí mismo, (como dice en Juan cap. 11): “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. V.26 Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente. ¿Crees esto?” (Juan 11:25-26) Aquel que confía en este testimonio de Jesús, tiene parte en su victoria sobre la muerte.

Satanás muchas veces intentó probar a Jesús, pero se frustró por su humildad y amor. Cristo lo llamó “el maligno”, resumiendo todos sus nombres, cualidades y obras (Mateo 6:13). Pero este no pudo de ninguna manera seducir “al Bueno” a que pecara o faltara en algo, tampoco en los momentos de mayor debilidad física o anímica. Jesús se mantuvo fiel a su Padre, aún en el momento cuando Aquel se tuvo que alejar de su amado Hijo, juzgándolo en lugar nuestro. La revelación de Juan nos asegura que Jesús, la palabra de Dios hecha carne, quitará el poder de Satanás al final de los días y lo lanzará por medio de un ángel a la eterna perdición (Apocalipsis 19:11-20:10).

Jesús, el Señor, testificó en la sinagoga de Nazaret lo que antes había profetizado Isaías del Mesías venidero (Isaías 61:1-2; Lucas 4:18-19). Con estas palabras aprobó los límites y metas de su reino también sobre la tierra. El vivía con el Espíritu Santo en completa unión con el Señor del Antiguo Pacto. Estos tres se asemejan a un nudo indisoluble. La santa Trinidad es el misterio de su persona y su reino. Los tres son uno (Juan 10:30; 14:9-11).

Esta divina unidad se realizaba en la unción de Jesús con la plenitud del Espíritu Santo después de su bautismo en el río Jordán. Desde este tiempo cada creyente verdadero, es ungido, pues este es el significado literal de nuestro título y nombre.

El propósito principal de nuestra unción es la evangelización del mundo con la indicación que en primer lugar deben ser llamados los necesitados, los despreciados, los enfermos y los afligidos. Los ricos, fuertes, hermosos e inteligentes, muchas veces no prestan atención o están demasiado convencidos de sus cualidades, pensando que no necesitan la salvación de Jesús ni de su Espíritu. El fruto de esta predicación es la liberación espiritual de los que están atados por el pecado y que los ojos de su corazón sean abiertos para reconocer a Dios como su Padre, a Jesús como Señor y Salvador y que sean consolados y renovados por medio del Espíritu Santo. Esta liberación espiritual debe alcanzar también a aquellos que están desesperados y quebrantados sin esperanza. A ellos se les abre ampliamente la puerta del cielo y se les invita al derecho de entrar a la época de la gracia. Con asombro y como libertados de las prisiones del maligno, regresarán a su Padre celestial, agradecidos eternamente.

Jesús en su vida terrenal cumplió la promesa de Isaías 61:1-2. El que lee atentamente en los evangelios encontrará allí la aplicación práctica de esta profecía. La autoridad espiritual del Hijo de Dios para sanar a los enfermos que llegaron a El, la liberación de los endemoniados, con los que se encontró, cuyos espíritus inmundos expulsó con su mandato, su soberano control sobre las tormentas y los elementos naturales, la resurrección de tres muertos y el perdón de pecados de gente arrepentida, son la aprobación de esta profecía. El no visitaba a reyes, príncipes, sumo sacerdotes ni a los líderes de su pueblo. El amaba a los necesitados y los ama hasta el día de hoy. El oraba públicamente: “Te alabo, Padre, Señor del cielo y la tierra, porque escondiste estas cosas de los sabios y de los entendidos, y las revelaste a los niños. V.26 Sí, Padre, porque así te agradó. V.27 Todas las cosas me fueron entregadas por mi Padre; y nadie conoce al Hijo, sino el Padre, ni al Padre conoce alguno, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quiera revelar. V.28 Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar” (Mateo 11:25-28).

En su carta el apóstol Pablo quería ofrecer a sus iglesias y a sus colaboradores estas realidades como resumen del evangelio. Por eso dictaba en todas sus epístolas: gracia y paz sea con vosotros de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo. El que reconoce y comprende este saludo apostólico, vive hoy en el reino de Dios su Padre, bajo el dominio del Señor Jesucristo, quien reina en este mundo y regresará en gloria, para juzgar a los vivos y a los muertos en un futuro próximo. ¿Estamos preparados para su venida? Estudia sus mil mandatos y la riqueza de sus promesas, para que El pueda preparar tu corazón para su inevitable encuentro contigo.

ORACIÓN: Nuestro Padre celestial, te agradecemos, que diste todo el poder en el cielo y en la tierra a tu amado Hijo. El es nuestro Señor, a quien queremos obedecer. Guíanos en la senda del Espíritu Santo, para que cumplamos con gozo los mandamientos de nuestro rey. Tu reino venga a nosotros y se haga tu voluntad, como en el cielo, así también con nosotros. Amén.

PREGUNTA:

  1. ¿Qué significa el título “Señor” para Jesucristo y para nosotros?

(Aquí termina el apéndice (1) con una corta exégesis del saludo apostólico en todas las epístolas de Pablo).

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